martes, 24 de septiembre de 2013

Redacción de una leyenda urbana: Slenderman



David Johnes, mi hermano, sigue desaparecido desde el 18 de Octubre de 1982, o bien eso dicen en los registros policiales, pero yo sé que no es así. A veces la verdad es muy dura y cruda, y lleva a la tortura a quien no confiesa. Es tan fuerte el dolor en mi memoria que dudo poder seguir sobrellevándola oculta aunque sea tan solo un año más, me pide a gritos que hable y por eso hoy confieso.

Recuerdo que nuestra madre nos abandonó en un orfanato en Miramar, una ciudad marítima turística de la Argentina en Buenos Aires. Aquel lugar que se encontraba al borde del bosque energético y le daba un aire un tanto siniestro, no se podría decir que estaba en unas condiciones dignas para hospedar a niños huérfanos, pero aunque sea teníamos un lugar para quedarnos hasta alcanzar la mayoría de edad.

Paredes marcadas por el paso de los años, rasgadas por historias de miles de sonrisas, por el pesar y la tristeza, por el temor y la rudeza, y hoy en día por el recuerdo ahorca eternamente mis sentimientos de regocijo. Todo comenzó con un extraño suceso, yo tenía aproximadamente en ese entonces ocho años y mi hermano seis, era lo único que tenía, el sustento que me mantenía cuerda, la luz de cada amanecer.

El terror y la confusión habían llegado a cada rincón y hasta el más mínimo ser que habitaba en aquel orfanato… aunque para las afueras de la sociedad se encontraba tapado, oculto bajo el enorme manto de poder de los directivos. Algunos compañeros de mi edad, y otros de otras edades fueron desapareciendo poco a poco. Al principio solo los más allegados a estos y los maestros lo notaron pero luego ya era inevitable que todos se enteraran.
Los adultos estaban como locos, alterados, frustrados, eufóricos, confusos. Por otra parte los menores nos encontrábamos inundados por un terror que te calaba hasta los huesos y te congelaba la sangre de las venas. Se corría un rumor de que aquellos acontecimientos tenían un predecesor, un responsable, uno que no era hombre ni animal, uno que no sentía, uno que no tenía alma, un ser tan macabro que difícilmente podría ser considerado humano o más bien difícilmente podría ser considerado algo, ya que tal potencial de maldad era inconcebible que sea portado por algún “ser” o “cosa”.



Las desapariciones eran proporcionales al nivel de aumento de estos rumores. Pasaba el tiempo y uno se iba enterando de cosas de aquel “ser”. Nosotros lo apodamos “La prominencia” ya que era alto, aunque esa no era la única característica que lo destacaba, también decían que además de esta peculiar propiedad llevaba puesto un traje a medida y no tenía rostro, que vivía en el bosque y que por las noches cuando se aburría y sentía hambre recorría sigilosamente los pasillos de nuestras habitaciones en busca de un niño temeroso y joven a quien poder torturar y luego comer lenta y dolorosamente para extraer su alma y utilizarla en algún culto macabro en honor al demonio.

Claramente yo también sentía temor al oír aquellos relatos de miedo, pero no me perturbaban tanto como a David, él temblaba, se notaba el pánico hundido en sus ojos y esto se fue notando cada vez más al pasar los días, en especial después de aquella excursión al bosque que hicimos en otoño, era extraño, todo le asustaba. Se notaba que por las noches no dormía bien, el pavor hacía estragos en su rostro, parecía demacrado, las ojeras eran notorias a pesar de que tan solo tenía seis años y ya casi ni hablaba, no reía, su sonrisa se apagaba poco a poco igual que mi alegría… el fin del ocaso.

Cuando parecía que su situación no podía ir peor decidí ir a quejarme con algún adulto responsable; pero todo se agravó, se me vino el mundo abajo, el calor de mi interior se evaporo y la depresión se apropió de mí en tan solo un instante, sentí como si nunca más nada en la vida volviera a tener sentido. No solo se ausento al desayuno, el almuerzo y las actividades, pasó el día y no lo volví a ver. Me habían saqueado el tesoro más hermoso de todos y sabía que no lo iba a recuperar jamás. Durante aquel amanecer gris lo más triste no era que no haya parado de llorar de una forma desconsolada, lo peor era que lloraba desde el momento en el que se marchó formando una brecha a mi corazón, que en aquel momento era suyo.

Hubiese deseado ser yo la que hubiera desaparecido, estaba tan cegada. Un mar de emociones me ahogaba y me llevaba contra la corriente haciéndome chocar contra las rocas del acantilado más feroz de todos, sentía odio, rabia, temor, tristeza. Cada segundo que pasaba era un segundo en el que pasaba absorta en mis pensamientos ideando algún plan para recuperarlo, pero no sabía dónde se encontraba, no sabía si aún seguía vivo, aunque la certeza de mi conciencia me decía que no lo estaba y eso me mataba.

Pasaron los días, el crudo invierno llegó por todo Buenos Aires, se formaba escarcha por todos lados congelando por siempre el dolor que sentía. Mi paciencia se acabó, me quede sin refuerzos, sin armas, sin nada para combatir la lucha contra la desesperación, me estaban ganando la guerra. Los niños seguían desaparecieron, pero nunca aquel duro recuerdo que se borraba de la memoria de todos excluyéndome de la vida. Mi alma se quebró en miles de pedazos, ya nada importaba, iba a jugarme la última carta, iba a arriesgar mi vida que poco valor tenía y sería esa noche.

Dicen que lo desconocido asusta, y es cierto, pero lo que aun más asusta que perder tu propia vida es perder toda esperanza de perder a un ser querido para siempre. En un arrebato de coherencia y sentido común agarre lo primero que tuve a mano y me fugué por la ventana de la habitación, la adrenalina recorría todo mi cuerpo, entonces pensé “hermano, juro que si esta noche no te vuelvo a ver, yo tampoco voy a volver, me perderé en el bosque junto a tu recuerdo durante una eternidad” me detuve un segundo como si fuera un ritual, dejé que las lágrimas me recorrieran, acariciando dulcemente mis mejillas por un leve instante. Al terminar volví a retomar mi travesía, me adentre en lo desconocido y siniestro, nunca se me habría ocurrido imaginar que aquellas tierras tan inofensivas que solía recorrer en verano donde la luz me inducía fervor con cada suspiro llegarían a ser tierra enemiga, y desconcertante para mis ojos.

No reconocía el camino de vuelta, me había perdido, aunque si reconocía el camino de ida, podía ver perfectamente la parte frondosa del oscuro bosque, aquella parte en la que dicen que ocurren cosas extrañas, que ni siquiera durante el día ni un rayo de resplandor logra tocar aquel suelo firme. Luego de 30 minutos caminando ya me había adentrado lo suficiente en la oscuridad como para no distinguir absolutamente nada ¿seguía viva? Estaba todo total y completamente negro, tuve la suerte que lo que hubiera agarrado antes de salir fuera una linterna (el inconsciente) encendí el dispositivo. Hoy en día sigo pensando que fue la peor decisión que pude haber tomado.

Todo se iluminó de manera exagerada, aquella iluminación precedía de la lámpara pero no era digna de ella. Distinguí cada detalle, las imágenes se quedaron guardadas eternamente en mi memoria. Los cuerpos mutilados, destrozados, desgarrados de aquella indefinida cantidad de niños se encontraban por todas partes, en el suelo, en los árboles, todos torturados. El lugar en donde mis pies reposaban no eran un suelo marrón por la tierra, era un suelo marrón casi bordo, todo cubierto por sangre seca. Ocurrió en cámara lenta, pude ver caras conocidas sin una chispa de vida en sus ojos y llenas de pánico, pude ver la cara mi querido, amado hermano, quise llorar pero el miedo me paralizó de pies a cabeza. Aquel horrible monstruo se encontraba parado quieto delante de mí, media más de dos metros, quizá tres o cuatro, no lo sé, sus brazos tocaban el suelo, era flaco, vestía un esmoquin intacto e impecable, era de piel pálida sin rostro ni cabello y a pesar de saber que no existía facción alguna sabía que me estaba mirando.

De pronto una luz brillante con forma apareció y le saltó al hombro, era el alma de mi hermano ¿qué estaba ocurriendo, acaso me había vuelto loca? Él me saludaba agitando vivazmente su pequeña mano como si estuviera feliz aunque su rostro no demostraba lo mismo, él miró hacia atrás, llamó a alguien, por la parte posterior de “la preeminencia” aparecieron en gran cantidad muchísimas de aquellas luces, era el alma de todos aquellos que en cuerpo me rodeaban. Todos sin excepciones, con mirada triste y perdida agitaban su mano, me decían adiós.

Y luego, fuego, fuego era lo que comenzaba a salir por todos lados, los árboles, los cuerpos, el espíritu de los niños estaban siendo incinerados. Una imagen aterradora, se podía visualizar claramente como aquellas almas en pena sufrían, se retorcían de dolor. No pude soportar ver a mi hermano así era demasiado y por suerte en ese entonces me desmayé.

- ¡Anna! ¡Anna! – sentía que me gritaban

- ¿Qué es lo que pasa? - Me desperté sobresaltada.

- Estuviste gritando en sueños ¿qué te ha pasado?



Imágenes impactantes recorrieron mi memoria, lo irracional me inundaba, me encontraba llena de preguntas. Cubierta de barro con una lámpara en mano yacía en mi lecho dormitando y gritando, hasta el día de hoy la incertidumbre me incumbe a cada momento. Una muchacha, amiga de mi hermano, dijo que aquella noche cuando se levantó para ir al baño vio a un hombre alto cargándome entre brazos junto a David caminando a su lado, me llevaron hasta mi habitación mientras me encontraba inconsciente. Semanas después de su confesión, ésta desapareció.

Lucía Farías y Rocío Bracaglia 


Redacción de una leyenda urbana: El Pombero



Después de tanto tiempo el recuerdo en mi mente todavía me atormenta entre sueños. Su rostro toma mayor definición con cada sueño que transcurre, el rostro pálido, perdido, muerto de mi amada a causa de esa horrible criatura.


Todo comenzó cuando acepté mudarme provisoriamente con mi prometida, Helena, a una cabaña situada en un campo a las afueras de la ciudad de Buenos Aires. Mi tarea allí era controlar un equipo de empleados dedicados a explotar aquellas tierras para mi tirano jefe. Al llegar nos encontramos con un hermoso paisaje de campo abierto donde el sol desprendía un calor que nunca antes había percibido y en la noche, las estrellas brillaban queriéndose destacar entre la oscuridad del bello cielo. Nos instalamos perfectamente en la cabaña muy bien equipada, con un hogar a leña digno de admirar. Disfrutamos aquellos primeros días de descanso, para luego comenzar a dirigir y distribuir el trabajo entre los peones. Me acuerdo lo excelente que estaba organizado ese campo, esa siembra. Cada hectárea estaba controlada y tenia designado sus peones, casi no había inconvenientes. Mi jefe me había dado una frase prometedora referida a un ascenso, Helena y yo saltábamos de alegría. Había trabajado por años buscando ese ascenso.


Una noche, mientras Helena y yo cenábamos oímos un ruido estremecedor que provenía de afuera. Me asome por la ventana, y no había nada. A los cinco minutos se repitió el sonido, que esta vez lo identificamos como un silbido agudo que duró solo unos segundos. Volví a fijarme, y no había nada fuera. Entonces pensamos que sería un ave que habitaba los campos.


A la mañana siguiente, me prepare para la reunión de peones matutina y salí a su encuentro. A los pocos metros de la puerta, veo una de las pocas gallinas del lugar, degollada. Pensé que algún depredador la había acechado y seguí mi camino atento a cómo ahuyentarlo.


Por la tarde cuando volví a la cabaña, el cuerpo de la gallina ya no estaba en el suelo y le pregunté a Helena si la había limpiado. Ella lo negó, y comencé a preocuparme. ¿Cómo podía ser que desapareciera sola? Yo no estaba loco.


Esa misma noche, volvimos a oír ese silbido tan peculiar. De modo que ante la curiosidad abrí la puerta, me asome al umbral para observar al ave. Al hacer esto, me horroricé con tal imagen. Frente a mí había una cabra sin la cabeza, con postura enojada. Ante el susto cerré la puerta con llave, y le describí la imagen a Helena, que no lo podía creer y dudaba de mi versión. Mi prometida me decía que estaba paranoico y el lugar me afectaba.


Pasaron unas semanas sin apariciones extrañas, empecé a calmarme y aceptar que estaba paranoico. Hasta que una tarde llego a la cabaña y encuentro a Helena llorando desesperada, diciendo que un hombre pequeño había entrado silbando como escuchamos reiteradas veces. Le pedí que me cuente detalladamente lo sucedido y ella dijo que era un hombrecillo peludo, con facciones extrañas propias de los cuentos y se le había acercado y tocó su estómago; luego la miró a los ojos aterrorizándola y se marchó.


Las semanas siguientes, ordené a mis peones que se turnen junto a mí para hacer guardia en la cabaña, por si esa criatura aparecía, cosa que no sucedió.


Cuando llegó la hora de cosechar los campos, nos dimos cuenta que lo sembrado no dio su fruto, y era una cosecha perdida. Mi jefe se enfureció tanto que me despidió y también a los peones que trabajaron junto a mí.


En el transcurso de una semana, ya nos encontrábamos en nuestra casa en la gran ciudad, pensando estar a salvo.


Pasaron un par de meses en los que conseguí un nuevo y muy buen trabajo, y nuestra vida iba viento en popa.


Ya nos habíamos olvidado de los conflictos de nuestra visita al campo hasta que Helena se comenzó a sentir rara, hinchada y con síntomas de embarazo. La lleve al médico, y este constató que ella estaba embarazada de ocho meses pero a la vista parecía tan solo de tres.


El obstetra le realizó una ecografía, donde observaron que el bebé tenia más pelo de lo habitual por todo el cuerpo, como una especie de mono. A Helena le vino a la mente la imagen de la criatura de aquel campo y recordó como había tocado su estomago con su mano peluda. Ella entró en pánico pensando hipótesis sobre cómo puede parecerse a la criatura con el toque de su mano. Luego de un mes, Helena entró en trabajo de parto, aceptando que su hijo no era normal, y evaluando sus opciones para con él.


Al momento de dar a luz al bebé, con su fuerza, hizo que mi amada Helena se desangrara. Lloré sobre su cadáver hasta quedarme sin lágrimas. La observé hasta que el cansancio me cerró los párpados; deseé oír su respiración una vez más, imploré a los cielos que fuera solo un feo sueño.


Lastimosamente, mi amada falleció, dejándome con aquella criatura que a mi parecer no era un bebé. Lo di en adopción, pero en un ataque de ira que la criatura tuvo, los doctores tuvieron que inyectarle tranquilizantes que causaron su muerte. Para mí esto fue un alivio, no quería vivir con el temor de volver a ver al ser que mató a mi prometida y al amor de mi vida.


Una de las enfermeras, una señora mayor, con acento del interior de nuestro país, se me acercó. Ella pregunto cómo mi mujer había entrado en contacto con el “Pombero”. Quedé desconcertado, no sabía qué era el Pombero y se lo pregunté. Ella me contó que toda su vida había vivido en el campo, y allí habitaba una criatura pequeña y peluda con sus pies aptos para despistar y que era protector de la naturaleza. La criatura llamada Pombero te ayudaba siempre y cuando tus acciones no explotaran la tierra, árboles o animales. Tenias que dejarle ofrendas durante treinta días de miel, tabaco y aguardiente, y él concedería tus pedidos y haría crecer tus frutos. En cambio, si matabas más de lo que comías, talabas más de lo que utilizabas y cosechabas más de lo que consumías, tendrías al Pombero en tu contra, que te arruinaría los cultivos y lo que produjeras. Haría apariciones para horrorizarte, ya que tiene el don de transformarse en un animal o planta. Y se dice que si se pronuncia su nombre en la noche o se silba, él se enfadaría y es capaz de dejar muda, zonza, con temblores, y hasta embarazar solo con el roce de sus manos peludas a la gente.





Al escuchar esta historia de aquella anciana, todo cayó en su lugar. Comprendí que el Pombero era la única explicación a la que me podía aferrar por lo sucedido. Así que decidí dejar el campo atrás, e intentar superar la mayor pérdida que pude haber tenido en mi vida.






Lucila Carapezza y Agustina Martínez Niz

Redacción de una leyenda urabana: El puente de los lamentos


Hace cuatro años atrás, algo interesantemente sobrenatural captó la atención de dos jóvenes muchachas las cuales fueron las protagonistas de una intrigante  investigación, como consecuencia de su profesión: el periodismo.
Lucia y Nadia, impulsadas por la inquietud, la curiosidad aunque con cierta incredulidad, fueron hasta Estados Unidos, puntualmente a la ciudad de Ohio,  para conocer la verdadera historia que tanto anhelaban saber. Partieron con la idea de recopilar datos y testimonios sabiendo que se toparían con diferentes versiones y anécdotas que corrían de boca en boca por pueblos y ciudades.
Resulta ser que lo que atrapaba y atormentaba a tanta gente e incluso a las periodistas argentinas, era un simple y viejo puente. Pero el no tan común puente, ocultaba una terrorífica historia con detalles siniestros y desgarradores.
Una vez alojadas en Ohio, sin más que decir, fueron directo al punto: averiguar que era ese tan famoso “Puente de los lamentos”. La desconfianza que las perseguía era grande, la intriga aún mayor.  
“Ya nada es igual luego de aquel episodio” contestó  misteriosamente el primer entrevistado, un hombre mayor, que dejaba entrever un poco de exageración pero experiencia al fin. Prosiguió con una atrapante versión: la historia de una joven muchacha que a su corta edad, estando embarazada, ya no soportaba el miedo a enfrentar la situación ni el perjuicio de los demás. Al dar a luz al niño, con la mayor insensibilidad, decidió una noche, ahogarlo en las profundas aguas del río. Tal fue su sentimiento de culpa que terminó por suicidarse en una viga del puente.
 Al parecer, hasta allí había llegado su relato, queriendo dejar inconclusa la cuestión.  
Sorpresivo número de testigos voluntarios fue llenando el lugar. ¿El lugar? El añejo bar de la esquina, a escasos metros de la apacible carretera que conducía al mismísimo misterio.  El sonido de comentarios y voces entremezcladas se combinaban con el casi inexistente ruido de la noche. Relatos contrarrestantes y contradictorios se entrecruzaban. Personas crédulas, experimentadas o totalmente decididas de lo contrario se batían en la lucha de convencer a las periodistas.
“¡Si, sí, yo la vi! Es una chica, aparentemente llamada Sarah. Es cruel, siniestra y evidentemente posee un don para captarnos a nosotros, los conductores. La misma nos obliga a bajarnos de nuestros vehículos y presenciar escalofriantes momentos.” apuró a decir un desesperado muchacho.
Un adolescente acotó: “Lo que el hombre acaba de decir es cierto. A mi casi me mata, persiguiéndome a lo largo de toda la carretera. Es un fantasma, un espíritu, un espectro, en fin algo realmente espantoso de presenciar y de vivir”
“Yo ya no creo nada de esto. Es todo una farsa de la gente que solo asusta por placer, o queriendo atraer turistas, hace lo imposible para inventar locuras como estas”, protestó una mujer queriendo aportar a la jornada, cordura y coherencia.
 Un  joven agregó al reclamo:
“Coincidiendo con la señora, no me dejarán mentir con esto. Insólitamente han habido personas, que evidentemente sin nada que hacer,  fueron atormentando a infinidad de conductores que por allí pasaban, haciéndose pasar por la tal terrorífica Sarah.”
A todo esto las jóvenes entrevistadoras se nutrían  de entretenidas y siniestras anécdotas, que por más que algunas eran un poco insólitas aportaban a la investigación, datos  y a  sus previas hipótesis, ciertos grados de duda.
“En fin, lo verdaderamente estremecedor, está en mi anécdota” murmuró un hombre que hasta el momento se encontraba en completo silencio, contemplando todo lo que sucedía a su alrededor. El cual, presentándose por el nombre de  Tom, creyó conveniente empezar a narrar.
“Comenzar a contar lo que rotundamente cambió mi vida y llenó de espanto e inseguridad mis días, es verdaderamente difícil. Además pensando que me persigue momento a momento la imagen de Sarah caminando a un costado de la carretera en mitad de la noche, pidiéndome que pare, que la ayude a encontrar a su hijo. ¡¿Hallar a un niño, por esas altas horas de la noche y encima vestida de esa forma, con ropajes antiguos y con apariencia tan extraña?! ¿Cómo es que no me había parecido todo eso tan raro y suficiente para abandonar el lugar e impedir ser partícipe de semejante aterrorizadora situación?” dijo sobresaltado y haciendo una breve pausa mirando hacia la ventana que apuntaba cercana al lugar del hecho.
Siguió: “Luego de haber frenado y de permitirle subir a mi auto, fui, yo creo, que la mayor víctima del más aterrador silencio. Mi coche se había detenido como mágicamente y dándome cuenta de que solo allí estaba, comencé a oír el más cruel llanto, desesperante lamento  y desgarrador grito jamás antes escuchado.  Mi sangre se heló, mi cuerpo no respondía y en mi mente solo pensaba en salir corriendo. Realmente con solo pensar en lo que vi después, sigo sintiendo esa sensación de gran temor, desesperación y pánico. Sarah había desaparecido, en mi afán de buscarla, vi nada más ni nada menos que su cadáver inerte  ahorcado en una viga del puente. ¿Por qué tuve que mirar hacia donde su dedo putrefacto apuntaba? Lo que había visto era al niño, al tan buscado niño, ahogado en las oscuras aguas del río, llorando desconsoladamente. Escapé de allí lo más rápido que pude, logrando salir de aquel maldito puente luego de haber empujado mi auto.  No sabré nunca si creerán mi relato y si este les parecerá verosímil. Pero mi gran desesperación me lleva a compartir cuan grande fue el espanto vivido. Ya nada es igual…”, concluyó.

 Entonces el silencio fue rotundo. Las personas allí presentes quedaron atónitas a la situación, las periodistas definitivamente convencidas de que habían arribado a una versión realmente atrapante que las hacia confiar de que aquel malévolo y lúgubre puente escondía una  macabra historia y que la única forma de confirmarlo era vivirlo en carne propia.   

Lucía Soria y Nadia Petkovsek                      

Redacción de una leyenda urbana: El próximo sos vos.



Este hecho sucedió hace unos tres años, pero lo recuerdo como si hubiese sido ayer. ¿Cómo podría olvidar aquel rostro ensangrentado, convencido de mi pronta muerte?


Todo comenzó en una tarde de verano; unos amigos y yo, cansados de la monotoneidad de nuestras vacaciones, decidimos juntarnos como de costumbre.
Luis, gran temerario decidió investigar sobre un juego que últimamente inquietaba sus noches: el conocido “tablero de la ouija”. Si bien ya me habían alertado sobre el riesgo que corríamos al buscar diversión con las almas de nuestros antepasados, el aburrimiento y la curiosidad desnivelaron la balanza hacia la aceptación. Este fue el error más grande de mi vida Jamás me perdonare por esa estúpida acción.
Esa noche fuimos a la casa de Martín, junto con Luis y dos amigos que entendían poco y nada sobre lo que estábamos por hacer. Aprovechamos que los padres de Martín salían esa noche y como él era un fiel creyente de la ciencia, cedió su hogar sin preocupaciones.
Esperamos hasta alrededor de la una de la mañana, cuando la situación se serenara. Los otros dos no estaban de acuerdo con practicar este ritual, lo que los llevo a una fuerte discusión. Pero como era de esperar; el dueño del hogar dio su veredicto y la ceremonia se puso en marcha.
Nos colocamos en forma de ronda, alrededor de una mesa ratona. Sobre ella estaba el tablero con una copa. Una sola luz, proveniente de la cocina, alumbraba nuestras narices. Nos concentramos en aquella copa que ahora bailaba más que nunca, nuestras manos se entrelazaron y por un momento, solo hubo silencio profundo, seguido de una desesperación.
-¡Esta porquería no funciona!- exclamó el resto del grupo. Pero en el instante en el que creíamos que había sido tan solo una pérdida de tiempo, ocurrió lo inesperado. Sentía cómo un viento helado rozaba mi nuca y dejaba mis poros cual piel de gallina. La poca luz que nos servía de consuelo a nuestra cordura se había desvanecido. Estábamos completamente a oscuras. Tratamos de mantener la calma, creyéndolo tan solo una casualidad. La copa aún permanecía inmóvil o, al menos, no se oía ruido alguno.
Mientras Martín buscaba velas, yo intente tantear la mesa ratona y así poder guardar la copa antes de que se nos cayera debido a la falta de visión. Lo único que faltaba era tener que buscar explicaciones de por qué faltaba una copa. Los padres de Martín nunca fueron muy comprensivos.
Cuando sentí el frío vidrio en mis manos humedecidas por un sudor nervioso, intente tomar la copa por su base pero esta yacía en su lugar. Otra vez tuve la espantosa sensación de esa penetrante corriente de aire, solo que esta vez golpeo mi frente. La copa se movió disparatadamente parecía querer dejar un mensaje que me fue indescifrable y luego de eso, estallo como una supernova en plena expansión. Mis manos, repletas de astillas, brillaban ante la luz de las velas que recién se habían hecho presentes en la habitación luego del estallido.
Mis amigos, petrificados por la secuencia de sonidos, buscaban un relato coherente de lo sucedido. Hasta Martín, que jamás se le había cruzado la idea de lo sobrenatural dentro del contexto de lo real, tenía los ojos cual cascada de lágrimas por el miedo. Las horas corrían a contrarreloj, pero el terror llego al amanecer una eternidad.
Les conté la versión, mi experiencia: estaba completamente seguro de mis palabras. Sin embargo, nadie me tomo en serio, no sé si les resultaba muy disparatada mi historia o tan solo entraron de lleno a la negación, víctimas de un susto inexplicable para unos adolescentes de quince años.
Logramos conciliar el sueño, y a la mañana sentimos la inigualable paz de las caricias de un sol matutino que anunciaba un día de confusión.
Preferimos mantener en silencio lo sucedido aquella noche y hasta el día de hoy tan solo yo lo sé, no teníamos las suficientes pruebas, nadie nos iba a creer.
Ese día, cada uno marcho para su casa, un poco asustados pero con confianza de que todo iba a estar bien. Una calma que tan solo duro unas horas.
Cerca de la noche, Martín sufrió un accidente cardiovascular en su casa, por razones que aún se desconocen.
Cuando estuve al tanto de la situación, trate una y otra vez de contactar a Luis. Pero no había caso, su hogar estaba completamente vacío, casi parecía abandonado.
Con respecto a los otros dos, solo los volví a ver unas pocas veces en lo que estaba del verano, me acuerdo que uno solía nombrar muy seguido la frase “el próximo sos vos”, una frase que lo seguía a donde quiera que fuera. No la comprendí muy bien en un principio, por eso decidí ignorarla.
Mis sueños se tornaron cada noche más oscuros, casi como la noche misma. Cada mañana me arrepentía, junto con penas y llantos, maldiciendo ese aburrido día en el que mi vida se derrumbó.
A las semanas, me llegó la noticia que el chico de la condenada frase había fallecido por muerte súbita y que tenía escrito dentro de su dermis esa frase que con solo oírla ya me provocaba pesadillas.
Había jugado a un juego en donde no era bienvenido y si bien la agonía ya paso, aun no puedo imaginar mi muerte de otra forma que no sea en manos del dueño de mis temores, esa presencia maligna con sed de venganza, estoy seguro que el próximo soy yo.
Patricio Velázquez y Martín Amabile


miércoles, 4 de septiembre de 2013

Redacción de la leyenda urbana "Kuchisake-Onna"

Hace ya mucho tiempo atrás, una bellísima mujer y su esposo samurai vivían en lo que parecía ser un matrimonio feliz y normal. Era una pareja estable y respetada, la cual nadie criticaba. Ambos, jóvenes,  parecían amarse mucho.
Hasta que un día, el samurai se enteró de una noticia devastadora, la cual lo llenó de rabia e impotencia. Su esposa lo engañaba constantemente, con varias personas. Éste espero a que su mujer regrese a la casa y cuando llegó la increpó. Comenzó una discusión fuerte, con agresiones verbales y físicas incluidas. Ella admitió sus acciones, enfureciéndolo aún más.
El samurai, decidido a que su esposa no lo humille más, tomó su espada y le cortó la boca de oreja a oreja. Ella quedo inconsciente y totalmente desfigurada, toda belleza que en su momento deslumbraba a cual hombre se le cruce había desaparecido.
El joven dio por fallecida a su hermosa mujer, así que la tomó y la abandonó en un pantano lejos de su casa, para que no encontraran el cuerpo.  Volvió a su hogar y limpió la escena del crimen, continuando con su vida cotidiana.
Con el correr de los días su familia al no verla junto a él le preguntaba donde se encontraba y porque no aparecía. Este contestaba que ella lo había abandonado después de una discusión y que no quería hablar más del tema porque estaba muy afectado.
La mujer, a la que su esposo creía muerta, despertó en el pantano, muy lastimada. Se refugió en una casa abandonada cerca de allí, donde ella misma cosió su boca y se curó con hierbas medicinales. Se alimentaba de lo que podía encontrar, y una vez sana y llena de ira, se dispuso a planificar una venganza.
En aquella casa abandonada todavía había muchos utensilios, y lo que más le agradó encontrar a la mujer fue una espada casi nueva, en perfecto estado. Así fue como ideó su plan, el cual consistía en vengarse asesinando a todas las mujeres de la familia del samurai cortándole la boca al igual que ella y luego clavándole la espada en su corazón. No lo pensó más y comenzó con la masacre.
Una noche, luego de varias semanas de aquel hecho que desencadenaría el espíritu asesino de la mujer, ésta marchó hacia la casa de la madre de su esposo.  Como su suegra vivía sola no tardó en entrar y proceder con el asesinato. Ingresó por la parte trasera de la casa y la encontró durmiendo plácidamente. La anciana se despertó y la vio parada al lado de su cama. Primero se asustó pero luego la observó mejor y se dio cuenta de que era su nuera. Le preguntó que hacia allí, y por qué había abandonado a su hijo, pero la joven sin ningún tipo de compasión desenvainó su espada y le cortó la boca. La anciana comenzó a gritar desesperadamente hasta que su nuera le clavó el arma en su corazón y la mató.
Al día siguiente, la hermana del samurai se dirigió a la casa de su madre y se encontró con esa escena horrenda llena de sangre por todas partes. Toda la familia quedó muy consternada y afligida, preguntándose el porqué de tanta violencia. Pero el más afectado fue el samurai, el cual reconocía perfectamente la marca en el rostro de su madre, pero no podía decírselo a su familia ya que él había contado una versión distinta del hecho.
Luego de un par de días, se encontraban las dos hermanas del samurai en la misma casa, entristecidas y decaídas todavía por el acontecimiento trágico. La joven, su cuñada, marchó hacia ellas y tocó la puerta. Ellas abrieron y la reconocieron. Totalmente sorprendidas la dejaron pasar, hacía mucho tiempo que no la veían, y además, era una persona de su confianza. La mujer entró y violentamente las encerró en un cuarto pequeño. Ingresó y sin dudarlo sacó su espada y les corto la boca a ambas. Luego la clavó en sus corazones y se fue.
Después de encontrar los cadáveres de sus dos hermanas con las mismas marcas que su madre y su mujer el samurai perdió la cordura. No solo habían fallecido tres importantes mujeres de su vida, sino que no entendía como todas podían tener la misma marca que su esposa, si ésta estaba muerta para él. Se llenó de interrogantes y poco a poco fue enloqueciendo y cerrándose a todo contacto humano, lo único que pensaba era en esos hechos horribles.
Una vez cometidos estos crímenes y con su objetivo casi logrado, la joven esposa se dispuso a concluir su plan terminando con la vida de su esposo, el cual había querido atentar contra su vida.
Se dirigió a su antigua casa, sabiendo que su marido se iba a encontrar solo, ya que no tenía más a su familia. Conocía perfectamente su hogar, así que marchó a la parte trasera para ingresar por aquella puerta que permanecía generalmente sin llave. Entró y allí encontró a ese hombre, ese al que tanto rencor y odio le tenía por fin estaba ahí, solo. El samurai la vio y quedó perplejo, no podía creer lo que estaba observando. Su hermosa mujer a la que creía muerta estaba parada delante de él. Creyó que era un espíritu, un ente, él estaba convencido de que la había matado.
La joven preguntó: -“¿Watashi kirei?” (¿Soy hermosa?). Su esposo respondió que sí, que era muy hermosa. Ella se descubrió la cara dejando ver la marca tan horrible que él le había provocado. Volvió a preguntar: -“Kore demo?” (¿Y ahora?). El hombre respondió nuevamente que sí, que realmente era muy bella y que lo perdone.
La mujer sin piedad le cortó la boca del mismo modo y le clavó su espada en el corazón, matándolo. Acabó por fin su plan de venganza, por fin había podido provocar el mismo dolor a su marido. Observó la escena del crimen y recordó todos los hechos trágicos que había protagonizado horrorizándose de lo que había realizado. Todo lo que había hecho lo hizo en un estado de enojo y rabia, y ahora que todo había terminado no podía creer lo que había cometido.
Así fue como decidió acabar con su existencia, ya no tenía más que hacer con su vida y no podía vivir con todo el sentimiento de culpa por las muertes que provocó. Se clavó la espada en el corazón y cayó en el suelo.
Pero al caer, su rostro ya no tenía más esa marca de oreja a oreja, su cuerpo ya descansaba en paz libre de todo ese espíritu maligno que la tentó a realizar todos los asesinatos, libre de la marca que la había alentado a vengarse. Su cuerpo y alma pura se separaron de ese espíritu que quedó vagando en la tierra.
Días después se propaga en el pueblo la noticia de que una mujer fue hallada muerta cerca de un río con una horrible boca cortada y una espada en el corazón, comenzando de nuevo esta serie de asesinatos…

Gabriela Carrizo y Melisa Robles.

martes, 3 de septiembre de 2013

Redacción de una leyenda urbana: BLOODY MARY

Emprendimos el viaje con la idea fija de que esas serían las mejores vacaciones de nuestras vidas. No porque el lugar al que nos dirigíamos fuera nada extraordinario, de hecho planeábamos alojarnos en una casa simple localizada en Costa del Este, lugar que ya habíamos visitado reiteradas veces y no nos ofrecía nada realmente nuevo. Lo que nos hacía estar tan eufóricos y ansiosos por llegar a destino, era el hecho de que esta era la primera travesía que experimentaría toda la familia junta. En el grupo de viaje estábamos incluidos mis seis primos y yo.  Y sin dudas nuestra objetivo prontamente se iba a cumplir, esas serían unas vacaciones que siempre recordaríamos, pero no precisamente del modo que nos hubiese gustado recordarlas…
Al llegar a Costa del Este, la exuberante y ridícula cantidad de cosas que habíamos empacado nos hizo perder medio día en sacarla de los vehículos y lo que restaba del mismo en recuperar las fuerzas perdidas. De todos modos pasaríamos dos semanas allí, así que no nos preocupamos mucho por ese día perdido.
La primera semana la pasamos realmente bien. Teníamos actividades diarias estipuladas casi inconscientemente que incluían, levantarse cuando el sol estaba ya en su punto más alto, ir a la playa a broncearse y disfrutar del mar, comer como si fuera el último día de nuestras vidas y, por último pero no menos importante, salir todas las noches a conocer gente nueva e interesante. Los siete primos de la familia, a pesar de nuestras diferencias de edades, íbamos juntos a todas partes y al contrario de lo que se puede suponer, convivir tanto tiempo juntos hizo que nos lleváramos mejor que nunca. Todo iba como lo habíamos planeado y aún mejor.
El conocido y siempre presente problema del aburrimiento empezó ya pasada la mitad de la segunda semana. La grandes masas de turistas comenzaban a regresar a  sus realidades cotidianas, los bares y playas se tornaron más aburridos, y las jornadas más tediosas. Eso sumado a que lo que más disfrutan los jóvenes es el calor de las multitudes y las nuevas relaciones que pueden entablar, daba como resultado un notable mal humor que aumentaba con el pasar de los días. No había actividad familiar que sea suficiente para nosotros ni juego de mesa que nos alcance, ni siquiera nosotros sabíamos lo que queríamos y eso dificultaba el tratar que la situación se haga más amena.
Una noche, bastante calurosa  y con una luna llena que te dejaba sin aliento, los más grandes de la familia encontraron una solución. Pero no precisamente para nosotros, sino para ellos que ya estaban cansados de soportarnos. Junto con los más pequeños fueron a pasar la noche a Mar del Plata, dejando la casa a merced de siete adolescentes en busca de un poco de diversión. Sólo el tiempo les diría que esa había sido una decisión equivocada.
Contentos por la repentina libertad que nos habían concedido nuestros padres decidimos hacer algo. Al partir el resto de la familia a Mar del Plata, Lautaro y Manuel, los mayores, fueron al kiosco del centro a comprar algunas cervezas como usualmente hacían. Joaquín y Valentina, dos aficionados a la cocina, prepararon rápidamente unas pizzas, Jazmín y Luisana, las dos hermanas gemelas, fueron las encargadas de pensar algo que hacer para mantenernos activos después de la comida y, por último, yo me encargue de musicalizar la noche.
 A pesar de nuestros enormes esfuerzos por evitarlo, sabíamos lo que iba a suceder, y en un abrir y cerrar de ojos ya habíamos comido, la música se había tornado de lo más deprimente y sobre la mesa no había más que botellas que reflejaban el desastre que se había producido en la casa  y el cansancio que nos había invadido en tan solo unas pocas horas.
Jazmín, en un desesperado intento por disfrutar las horas que nos quedaban sin nuestros padres propuso una idea interesante. Ella nos contó que una amiga de hockey un día había llegado muy perturbada al entrenamiento, se podría decir casi al borde del colapso. Al insistirle un largo rato la misma les manifestó la razón de su malestar. Ella contó que junto con un grupo pequeño de amigos habían invocado a Bloody Mary y al parecer nada bueno había resultado de eso, ya que sin dar más detalles cambio de tema rápidamente y procuró nunca más hablar de ello.
La intervención de Jazmín con este relato nos dejó sin palabras, no tanto por la historia en sí, sino porque no sabíamos que quería lograr con eso. La única que desconocía de que se trataba tal leyenda era Valentina. Rápidamente Manuel procedió a contársela. Él dijo que consistía en pararse frente a un espejo con una vela encendida y repetir tres veces ‘Bloody Mary’. De esta manera se invocaría al espíritu de Mary, una mujer muerta tiempo atrás que tenía la intención de desfigurar a quien hubiese osado molestar su eterno descanso y posteriormente absorbería su alma.
Todos, como integrantes de una misma familia, fuimos criados de maneras muy similares y no era usual entre nosotros creer en ese tipo de relatos absurdos e imposibles. Pero ante la insistencia de Jazmín decidimos llamar a Bloody Mary, ya que al no creer en las llamadas ‘leyendas urbanas’ tampoco pensábamos que algo malo nos podía suceder al llevar a cabo el rito de invocación.
Con una vela ya usada que encontramos en los cajones de la cocina, entre cubiertos rotos y repasadores percudidos, nos dirigimos al baño. Al darnos cuenta de que no entraban más de tres personas en el baño, decidimos que Jazmín, Lautaro y Valentina estarían en el baño, mientras que los demás nos dispersaríamos por la casa, ya que yo había oído que la forma en que se echa a un espíritu maligno cuando este se encuentra en tu casa, es encendiendo todas las luces de la misma. Todo esto era para darle más realismo a la experiencia, porque obviamente ninguno de nosotros creía que algo fuera a suceder.
Ya estaba todo listo. Todos en sus respectivos lugares, todos preparados para lo que pudiera suceder. El silencio era atroz, hasta se podía escuchar el sonido del mar si se agudizaba el oído. Yo me encontraba en el pasillo contiguo al baño y si bien no veía lo que sucedía dentro del baño, podía oír todo con claridad. Sin decir una palabra escuché que se encendió un encendedor. La voz temblorosa pero a la vez con un dejo de curiosidad de mi prima Jazmín fue la que habló. Bloody Mary. Sonó más como una pregunta que como un llamado conciso y seguro. Sin embargo, y para mi propia sorpresa,  no más de unos segundos después se produjo el segundo llamado. Bloody Mary. A esta altura podía sentir en el ambiente un sentimiento colectivo de temor. Presencié como el miedo a lo desconocido podía destruir cualquier creencia en tan solo segundos. Y como sacando fuerzas de donde ni siquiera ella sabía que las tenía, lo dijo. Bloody Mary. Un silencio interminable precedió a mis pensamientos. ¿Cómo habíamos llegado a ese punto? El miedo que sentí en ese instante  nunca antes lo había sentido y no creo volver a experimentarlo en toda mi vida. Sin embargo la curiosidad había podido más y nos condujo hasta ese punto. No había vuelta atrás.
Luego todo sucedió muy rápido. Escuché un grito ahogado, y pude reconocer la dulce e inconfundible voz de Valentina. Y a continuación todo fue caos. Eso era algo inesperado y debo reconocer que el miedo me paralizó.  No recuerdo nada más a partir de ese momento. Sólo recuerdo, ya cerca del amanecer, que la casa se había llenado de gente. Gente que no paraba de hacer preguntas, tocar cosas, recibir llamadas y hablar entre ellos. Todos con tareas diferentes pero con una misma expresión de desconcierto.
Escuche ruidos afuera y me asomé por la ventana. Lo que vi me destrozó. En el centro de la escena se encontraban un par de médicos subiendo tres camillas cubiertas a una ambulancia. Alrededor una familia destrozada, todos con lágrimas cayendo por sus mejillas, que tan solo había ido en busca de unas vacaciones inolvidables. Y sin dudas las consiguieron…

Agustina Maure y Jazmín González


sábado, 24 de agosto de 2013

Redacción de la leyenda urbana

Hola chicos!


Les paso las consignas (muy básicas) para la redacción de la leyenda que tienen que hacer. La extensión es al gusto de cada uno (no hay límite de hojas), siempre respetando el siguiente formato: fuente Times New Roman, tamaño 12, interlineado 1.


ATENCIÓN, ESTAS SON LAS PAUTAS DE ENTREGA:

  1.  ENTREGAR UNA COPIA IMPRESA CON LOS NOMBRES DE LOS INTEGRANTES DEL GRUPO O MANDARLA A MI MAIL. 
  2.  UNO DE LOS INTEGRANTES DEBERÁ SUBIR LA LEYENDA AL BLOG (OBLIGATORIO). 
  3. TIENEN TIEMPO HASTA EL 4 DE SEPTIEMBRE.
Como ya hicieron algunos grupos pueden mandarme borradores de sus textos al mail. 

Saludos y buen fin de semana!

Soraya.