martes, 24 de septiembre de 2013

Redacción de una leyenda urbana: El Pombero



Después de tanto tiempo el recuerdo en mi mente todavía me atormenta entre sueños. Su rostro toma mayor definición con cada sueño que transcurre, el rostro pálido, perdido, muerto de mi amada a causa de esa horrible criatura.


Todo comenzó cuando acepté mudarme provisoriamente con mi prometida, Helena, a una cabaña situada en un campo a las afueras de la ciudad de Buenos Aires. Mi tarea allí era controlar un equipo de empleados dedicados a explotar aquellas tierras para mi tirano jefe. Al llegar nos encontramos con un hermoso paisaje de campo abierto donde el sol desprendía un calor que nunca antes había percibido y en la noche, las estrellas brillaban queriéndose destacar entre la oscuridad del bello cielo. Nos instalamos perfectamente en la cabaña muy bien equipada, con un hogar a leña digno de admirar. Disfrutamos aquellos primeros días de descanso, para luego comenzar a dirigir y distribuir el trabajo entre los peones. Me acuerdo lo excelente que estaba organizado ese campo, esa siembra. Cada hectárea estaba controlada y tenia designado sus peones, casi no había inconvenientes. Mi jefe me había dado una frase prometedora referida a un ascenso, Helena y yo saltábamos de alegría. Había trabajado por años buscando ese ascenso.


Una noche, mientras Helena y yo cenábamos oímos un ruido estremecedor que provenía de afuera. Me asome por la ventana, y no había nada. A los cinco minutos se repitió el sonido, que esta vez lo identificamos como un silbido agudo que duró solo unos segundos. Volví a fijarme, y no había nada fuera. Entonces pensamos que sería un ave que habitaba los campos.


A la mañana siguiente, me prepare para la reunión de peones matutina y salí a su encuentro. A los pocos metros de la puerta, veo una de las pocas gallinas del lugar, degollada. Pensé que algún depredador la había acechado y seguí mi camino atento a cómo ahuyentarlo.


Por la tarde cuando volví a la cabaña, el cuerpo de la gallina ya no estaba en el suelo y le pregunté a Helena si la había limpiado. Ella lo negó, y comencé a preocuparme. ¿Cómo podía ser que desapareciera sola? Yo no estaba loco.


Esa misma noche, volvimos a oír ese silbido tan peculiar. De modo que ante la curiosidad abrí la puerta, me asome al umbral para observar al ave. Al hacer esto, me horroricé con tal imagen. Frente a mí había una cabra sin la cabeza, con postura enojada. Ante el susto cerré la puerta con llave, y le describí la imagen a Helena, que no lo podía creer y dudaba de mi versión. Mi prometida me decía que estaba paranoico y el lugar me afectaba.


Pasaron unas semanas sin apariciones extrañas, empecé a calmarme y aceptar que estaba paranoico. Hasta que una tarde llego a la cabaña y encuentro a Helena llorando desesperada, diciendo que un hombre pequeño había entrado silbando como escuchamos reiteradas veces. Le pedí que me cuente detalladamente lo sucedido y ella dijo que era un hombrecillo peludo, con facciones extrañas propias de los cuentos y se le había acercado y tocó su estómago; luego la miró a los ojos aterrorizándola y se marchó.


Las semanas siguientes, ordené a mis peones que se turnen junto a mí para hacer guardia en la cabaña, por si esa criatura aparecía, cosa que no sucedió.


Cuando llegó la hora de cosechar los campos, nos dimos cuenta que lo sembrado no dio su fruto, y era una cosecha perdida. Mi jefe se enfureció tanto que me despidió y también a los peones que trabajaron junto a mí.


En el transcurso de una semana, ya nos encontrábamos en nuestra casa en la gran ciudad, pensando estar a salvo.


Pasaron un par de meses en los que conseguí un nuevo y muy buen trabajo, y nuestra vida iba viento en popa.


Ya nos habíamos olvidado de los conflictos de nuestra visita al campo hasta que Helena se comenzó a sentir rara, hinchada y con síntomas de embarazo. La lleve al médico, y este constató que ella estaba embarazada de ocho meses pero a la vista parecía tan solo de tres.


El obstetra le realizó una ecografía, donde observaron que el bebé tenia más pelo de lo habitual por todo el cuerpo, como una especie de mono. A Helena le vino a la mente la imagen de la criatura de aquel campo y recordó como había tocado su estomago con su mano peluda. Ella entró en pánico pensando hipótesis sobre cómo puede parecerse a la criatura con el toque de su mano. Luego de un mes, Helena entró en trabajo de parto, aceptando que su hijo no era normal, y evaluando sus opciones para con él.


Al momento de dar a luz al bebé, con su fuerza, hizo que mi amada Helena se desangrara. Lloré sobre su cadáver hasta quedarme sin lágrimas. La observé hasta que el cansancio me cerró los párpados; deseé oír su respiración una vez más, imploré a los cielos que fuera solo un feo sueño.


Lastimosamente, mi amada falleció, dejándome con aquella criatura que a mi parecer no era un bebé. Lo di en adopción, pero en un ataque de ira que la criatura tuvo, los doctores tuvieron que inyectarle tranquilizantes que causaron su muerte. Para mí esto fue un alivio, no quería vivir con el temor de volver a ver al ser que mató a mi prometida y al amor de mi vida.


Una de las enfermeras, una señora mayor, con acento del interior de nuestro país, se me acercó. Ella pregunto cómo mi mujer había entrado en contacto con el “Pombero”. Quedé desconcertado, no sabía qué era el Pombero y se lo pregunté. Ella me contó que toda su vida había vivido en el campo, y allí habitaba una criatura pequeña y peluda con sus pies aptos para despistar y que era protector de la naturaleza. La criatura llamada Pombero te ayudaba siempre y cuando tus acciones no explotaran la tierra, árboles o animales. Tenias que dejarle ofrendas durante treinta días de miel, tabaco y aguardiente, y él concedería tus pedidos y haría crecer tus frutos. En cambio, si matabas más de lo que comías, talabas más de lo que utilizabas y cosechabas más de lo que consumías, tendrías al Pombero en tu contra, que te arruinaría los cultivos y lo que produjeras. Haría apariciones para horrorizarte, ya que tiene el don de transformarse en un animal o planta. Y se dice que si se pronuncia su nombre en la noche o se silba, él se enfadaría y es capaz de dejar muda, zonza, con temblores, y hasta embarazar solo con el roce de sus manos peludas a la gente.





Al escuchar esta historia de aquella anciana, todo cayó en su lugar. Comprendí que el Pombero era la única explicación a la que me podía aferrar por lo sucedido. Así que decidí dejar el campo atrás, e intentar superar la mayor pérdida que pude haber tenido en mi vida.






Lucila Carapezza y Agustina Martínez Niz

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