Emprendimos el viaje
con la idea fija de que esas serían las mejores vacaciones de nuestras vidas.
No porque el lugar al que nos dirigíamos fuera nada extraordinario, de hecho planeábamos
alojarnos en una casa simple localizada en Costa del Este, lugar que ya habíamos
visitado reiteradas veces y no nos ofrecía nada realmente nuevo. Lo que nos
hacía estar tan eufóricos y ansiosos por llegar a destino, era el hecho de que esta
era la primera travesía que experimentaría toda la familia junta. En el grupo
de viaje estábamos incluidos mis seis primos y yo. Y sin dudas nuestra objetivo prontamente se iba
a cumplir, esas serían unas vacaciones que siempre recordaríamos, pero no precisamente
del modo que nos hubiese gustado recordarlas…
Al llegar a Costa del
Este, la exuberante y ridícula cantidad de cosas que habíamos empacado nos hizo
perder medio día en sacarla de los vehículos y lo que restaba del mismo en
recuperar las fuerzas perdidas. De todos modos pasaríamos dos semanas allí, así
que no nos preocupamos mucho por ese día perdido.
La primera semana la
pasamos realmente bien. Teníamos actividades diarias estipuladas casi inconscientemente
que incluían, levantarse cuando el sol estaba ya en su punto más alto, ir a la
playa a broncearse y disfrutar del mar, comer como si fuera el último día de
nuestras vidas y, por último pero no menos importante, salir todas las noches a
conocer gente nueva e interesante. Los siete primos de la familia, a pesar de
nuestras diferencias de edades, íbamos juntos a todas partes y al contrario de
lo que se puede suponer, convivir tanto tiempo juntos hizo que nos lleváramos mejor
que nunca. Todo iba como lo habíamos planeado y aún mejor.
El conocido y siempre
presente problema del aburrimiento empezó ya pasada la mitad de la segunda
semana. La grandes masas de turistas comenzaban a regresar a sus realidades cotidianas, los bares y playas se
tornaron más aburridos, y las jornadas más tediosas. Eso sumado a que lo que
más disfrutan los jóvenes es el calor de las multitudes y las nuevas relaciones
que pueden entablar, daba como resultado un notable mal humor que aumentaba con
el pasar de los días. No había actividad familiar que sea suficiente para
nosotros ni juego de mesa que nos alcance, ni siquiera nosotros sabíamos lo que
queríamos y eso dificultaba el tratar que la situación se haga más amena.
Una noche, bastante
calurosa y con una luna llena que te
dejaba sin aliento, los más grandes de la familia encontraron una solución.
Pero no precisamente para nosotros, sino para ellos que ya estaban cansados de
soportarnos. Junto con los más pequeños fueron a pasar la noche a Mar del
Plata, dejando la casa a merced de siete adolescentes en busca de un poco de
diversión. Sólo el tiempo les diría que esa había sido una decisión equivocada.
Contentos por la
repentina libertad que nos habían concedido nuestros padres decidimos hacer
algo. Al partir el resto de la familia a Mar del Plata, Lautaro y Manuel, los
mayores, fueron al kiosco del centro a comprar algunas cervezas como usualmente
hacían. Joaquín y Valentina, dos aficionados a la cocina, prepararon rápidamente
unas pizzas, Jazmín y Luisana, las dos hermanas gemelas, fueron las encargadas
de pensar algo que hacer para mantenernos activos después de la comida y, por
último, yo me encargue de musicalizar la noche.
A pesar de nuestros enormes esfuerzos por
evitarlo, sabíamos lo que iba a suceder, y en un abrir y cerrar de ojos ya habíamos
comido, la música se había tornado de lo más deprimente y sobre la mesa no
había más que botellas que reflejaban el desastre que se había producido en la
casa y el cansancio que nos había
invadido en tan solo unas pocas horas.
Jazmín, en un
desesperado intento por disfrutar las horas que nos quedaban sin nuestros
padres propuso una idea interesante. Ella nos contó que una amiga de hockey un
día había llegado muy perturbada al entrenamiento, se podría decir casi al borde
del colapso. Al insistirle un largo rato la misma les manifestó la razón de su
malestar. Ella contó que junto con un grupo pequeño de amigos habían invocado a
Bloody Mary y al parecer nada bueno había resultado de eso, ya que sin dar más
detalles cambio de tema rápidamente y procuró nunca más hablar de ello.
La intervención de
Jazmín con este relato nos dejó sin palabras, no tanto por la historia en sí,
sino porque no sabíamos que quería lograr con eso. La única que desconocía de
que se trataba tal leyenda era Valentina. Rápidamente Manuel procedió a contársela.
Él dijo que consistía en pararse frente a un espejo con una vela encendida y
repetir tres veces ‘Bloody Mary’. De esta manera se invocaría al espíritu de
Mary, una mujer muerta tiempo atrás que tenía la intención de desfigurar a quien
hubiese osado molestar su eterno descanso y posteriormente absorbería su alma.
Todos, como integrantes
de una misma familia, fuimos criados de maneras muy similares y no era usual
entre nosotros creer en ese tipo de relatos absurdos e imposibles. Pero ante la
insistencia de Jazmín decidimos llamar a Bloody Mary, ya que al no creer en las
llamadas ‘leyendas urbanas’ tampoco pensábamos que algo malo nos podía suceder
al llevar a cabo el rito de invocación.
Con una vela ya usada que
encontramos en los cajones de la cocina, entre cubiertos rotos y repasadores
percudidos, nos dirigimos al baño. Al darnos cuenta de que no entraban más de tres
personas en el baño, decidimos que Jazmín, Lautaro y Valentina estarían en el
baño, mientras que los demás nos dispersaríamos por la casa, ya que yo había oído
que la forma en que se echa a un espíritu maligno cuando este se encuentra en
tu casa, es encendiendo todas las luces de la misma. Todo esto era para darle más
realismo a la experiencia, porque obviamente ninguno de nosotros creía que algo
fuera a suceder.
Ya estaba todo listo.
Todos en sus respectivos lugares, todos preparados para lo que pudiera suceder.
El silencio era atroz, hasta se podía escuchar el sonido del mar si se
agudizaba el oído. Yo me encontraba en el pasillo contiguo al baño y si bien no
veía lo que sucedía dentro del baño, podía oír todo con claridad. Sin decir una
palabra escuché que se encendió un encendedor. La voz temblorosa pero a la vez
con un dejo de curiosidad de mi prima Jazmín fue la que habló. Bloody Mary. Sonó
más como una pregunta que como un llamado conciso y seguro. Sin embargo, y para
mi propia sorpresa, no más de unos
segundos después se produjo el segundo llamado. Bloody Mary. A esta altura podía
sentir en el ambiente un sentimiento colectivo de temor. Presencié como el
miedo a lo desconocido podía destruir cualquier creencia en tan solo segundos. Y
como sacando fuerzas de donde ni siquiera ella sabía que las tenía, lo dijo. Bloody
Mary. Un silencio interminable precedió a mis pensamientos. ¿Cómo habíamos
llegado a ese punto? El miedo que sentí en ese instante nunca antes lo había sentido y no creo volver
a experimentarlo en toda mi vida. Sin embargo la curiosidad había podido más y
nos condujo hasta ese punto. No había vuelta atrás.
Luego todo sucedió muy
rápido. Escuché un grito ahogado, y pude reconocer la dulce e inconfundible voz
de Valentina. Y a continuación todo fue caos. Eso era algo inesperado y debo
reconocer que el miedo me paralizó. No
recuerdo nada más a partir de ese momento. Sólo recuerdo, ya cerca del
amanecer, que la casa se había llenado de gente. Gente que no paraba de hacer
preguntas, tocar cosas, recibir llamadas y hablar entre ellos. Todos con tareas
diferentes pero con una misma expresión de desconcierto.
Escuche ruidos afuera y
me asomé por la ventana. Lo que vi me destrozó. En el centro de la escena se
encontraban un par de médicos subiendo tres camillas cubiertas a una
ambulancia. Alrededor una familia destrozada, todos con lágrimas cayendo por
sus mejillas, que tan solo había ido en busca de unas vacaciones inolvidables. Y
sin dudas las consiguieron…
Agustina Maure y Jazmín González
Agustina Maure y Jazmín González
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