martes, 3 de septiembre de 2013

Redacción de una leyenda urbana: BLOODY MARY

Emprendimos el viaje con la idea fija de que esas serían las mejores vacaciones de nuestras vidas. No porque el lugar al que nos dirigíamos fuera nada extraordinario, de hecho planeábamos alojarnos en una casa simple localizada en Costa del Este, lugar que ya habíamos visitado reiteradas veces y no nos ofrecía nada realmente nuevo. Lo que nos hacía estar tan eufóricos y ansiosos por llegar a destino, era el hecho de que esta era la primera travesía que experimentaría toda la familia junta. En el grupo de viaje estábamos incluidos mis seis primos y yo.  Y sin dudas nuestra objetivo prontamente se iba a cumplir, esas serían unas vacaciones que siempre recordaríamos, pero no precisamente del modo que nos hubiese gustado recordarlas…
Al llegar a Costa del Este, la exuberante y ridícula cantidad de cosas que habíamos empacado nos hizo perder medio día en sacarla de los vehículos y lo que restaba del mismo en recuperar las fuerzas perdidas. De todos modos pasaríamos dos semanas allí, así que no nos preocupamos mucho por ese día perdido.
La primera semana la pasamos realmente bien. Teníamos actividades diarias estipuladas casi inconscientemente que incluían, levantarse cuando el sol estaba ya en su punto más alto, ir a la playa a broncearse y disfrutar del mar, comer como si fuera el último día de nuestras vidas y, por último pero no menos importante, salir todas las noches a conocer gente nueva e interesante. Los siete primos de la familia, a pesar de nuestras diferencias de edades, íbamos juntos a todas partes y al contrario de lo que se puede suponer, convivir tanto tiempo juntos hizo que nos lleváramos mejor que nunca. Todo iba como lo habíamos planeado y aún mejor.
El conocido y siempre presente problema del aburrimiento empezó ya pasada la mitad de la segunda semana. La grandes masas de turistas comenzaban a regresar a  sus realidades cotidianas, los bares y playas se tornaron más aburridos, y las jornadas más tediosas. Eso sumado a que lo que más disfrutan los jóvenes es el calor de las multitudes y las nuevas relaciones que pueden entablar, daba como resultado un notable mal humor que aumentaba con el pasar de los días. No había actividad familiar que sea suficiente para nosotros ni juego de mesa que nos alcance, ni siquiera nosotros sabíamos lo que queríamos y eso dificultaba el tratar que la situación se haga más amena.
Una noche, bastante calurosa  y con una luna llena que te dejaba sin aliento, los más grandes de la familia encontraron una solución. Pero no precisamente para nosotros, sino para ellos que ya estaban cansados de soportarnos. Junto con los más pequeños fueron a pasar la noche a Mar del Plata, dejando la casa a merced de siete adolescentes en busca de un poco de diversión. Sólo el tiempo les diría que esa había sido una decisión equivocada.
Contentos por la repentina libertad que nos habían concedido nuestros padres decidimos hacer algo. Al partir el resto de la familia a Mar del Plata, Lautaro y Manuel, los mayores, fueron al kiosco del centro a comprar algunas cervezas como usualmente hacían. Joaquín y Valentina, dos aficionados a la cocina, prepararon rápidamente unas pizzas, Jazmín y Luisana, las dos hermanas gemelas, fueron las encargadas de pensar algo que hacer para mantenernos activos después de la comida y, por último, yo me encargue de musicalizar la noche.
 A pesar de nuestros enormes esfuerzos por evitarlo, sabíamos lo que iba a suceder, y en un abrir y cerrar de ojos ya habíamos comido, la música se había tornado de lo más deprimente y sobre la mesa no había más que botellas que reflejaban el desastre que se había producido en la casa  y el cansancio que nos había invadido en tan solo unas pocas horas.
Jazmín, en un desesperado intento por disfrutar las horas que nos quedaban sin nuestros padres propuso una idea interesante. Ella nos contó que una amiga de hockey un día había llegado muy perturbada al entrenamiento, se podría decir casi al borde del colapso. Al insistirle un largo rato la misma les manifestó la razón de su malestar. Ella contó que junto con un grupo pequeño de amigos habían invocado a Bloody Mary y al parecer nada bueno había resultado de eso, ya que sin dar más detalles cambio de tema rápidamente y procuró nunca más hablar de ello.
La intervención de Jazmín con este relato nos dejó sin palabras, no tanto por la historia en sí, sino porque no sabíamos que quería lograr con eso. La única que desconocía de que se trataba tal leyenda era Valentina. Rápidamente Manuel procedió a contársela. Él dijo que consistía en pararse frente a un espejo con una vela encendida y repetir tres veces ‘Bloody Mary’. De esta manera se invocaría al espíritu de Mary, una mujer muerta tiempo atrás que tenía la intención de desfigurar a quien hubiese osado molestar su eterno descanso y posteriormente absorbería su alma.
Todos, como integrantes de una misma familia, fuimos criados de maneras muy similares y no era usual entre nosotros creer en ese tipo de relatos absurdos e imposibles. Pero ante la insistencia de Jazmín decidimos llamar a Bloody Mary, ya que al no creer en las llamadas ‘leyendas urbanas’ tampoco pensábamos que algo malo nos podía suceder al llevar a cabo el rito de invocación.
Con una vela ya usada que encontramos en los cajones de la cocina, entre cubiertos rotos y repasadores percudidos, nos dirigimos al baño. Al darnos cuenta de que no entraban más de tres personas en el baño, decidimos que Jazmín, Lautaro y Valentina estarían en el baño, mientras que los demás nos dispersaríamos por la casa, ya que yo había oído que la forma en que se echa a un espíritu maligno cuando este se encuentra en tu casa, es encendiendo todas las luces de la misma. Todo esto era para darle más realismo a la experiencia, porque obviamente ninguno de nosotros creía que algo fuera a suceder.
Ya estaba todo listo. Todos en sus respectivos lugares, todos preparados para lo que pudiera suceder. El silencio era atroz, hasta se podía escuchar el sonido del mar si se agudizaba el oído. Yo me encontraba en el pasillo contiguo al baño y si bien no veía lo que sucedía dentro del baño, podía oír todo con claridad. Sin decir una palabra escuché que se encendió un encendedor. La voz temblorosa pero a la vez con un dejo de curiosidad de mi prima Jazmín fue la que habló. Bloody Mary. Sonó más como una pregunta que como un llamado conciso y seguro. Sin embargo, y para mi propia sorpresa,  no más de unos segundos después se produjo el segundo llamado. Bloody Mary. A esta altura podía sentir en el ambiente un sentimiento colectivo de temor. Presencié como el miedo a lo desconocido podía destruir cualquier creencia en tan solo segundos. Y como sacando fuerzas de donde ni siquiera ella sabía que las tenía, lo dijo. Bloody Mary. Un silencio interminable precedió a mis pensamientos. ¿Cómo habíamos llegado a ese punto? El miedo que sentí en ese instante  nunca antes lo había sentido y no creo volver a experimentarlo en toda mi vida. Sin embargo la curiosidad había podido más y nos condujo hasta ese punto. No había vuelta atrás.
Luego todo sucedió muy rápido. Escuché un grito ahogado, y pude reconocer la dulce e inconfundible voz de Valentina. Y a continuación todo fue caos. Eso era algo inesperado y debo reconocer que el miedo me paralizó.  No recuerdo nada más a partir de ese momento. Sólo recuerdo, ya cerca del amanecer, que la casa se había llenado de gente. Gente que no paraba de hacer preguntas, tocar cosas, recibir llamadas y hablar entre ellos. Todos con tareas diferentes pero con una misma expresión de desconcierto.
Escuche ruidos afuera y me asomé por la ventana. Lo que vi me destrozó. En el centro de la escena se encontraban un par de médicos subiendo tres camillas cubiertas a una ambulancia. Alrededor una familia destrozada, todos con lágrimas cayendo por sus mejillas, que tan solo había ido en busca de unas vacaciones inolvidables. Y sin dudas las consiguieron…

Agustina Maure y Jazmín González


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