David Johnes, mi hermano, sigue desaparecido desde el 18 de Octubre de 1982, o bien eso dicen en los registros policiales, pero yo sé que no es así. A veces la verdad es muy dura y cruda, y lleva a la tortura a quien no confiesa. Es tan fuerte el dolor en mi memoria que dudo poder seguir sobrellevándola oculta aunque sea tan solo un año más, me pide a gritos que hable y por eso hoy confieso.
Recuerdo que nuestra madre nos abandonó en un orfanato en Miramar, una ciudad marítima turística de la Argentina en Buenos Aires. Aquel lugar que se encontraba al borde del bosque energético y le daba un aire un tanto siniestro, no se podría decir que estaba en unas condiciones dignas para hospedar a niños huérfanos, pero aunque sea teníamos un lugar para quedarnos hasta alcanzar la mayoría de edad.
Paredes marcadas por el paso de los años, rasgadas por historias de miles de sonrisas, por el pesar y la tristeza, por el temor y la rudeza, y hoy en día por el recuerdo ahorca eternamente mis sentimientos de regocijo. Todo comenzó con un extraño suceso, yo tenía aproximadamente en ese entonces ocho años y mi hermano seis, era lo único que tenía, el sustento que me mantenía cuerda, la luz de cada amanecer.
El terror y la confusión habían llegado a cada rincón y hasta el más mínimo ser que habitaba en aquel orfanato… aunque para las afueras de la sociedad se encontraba tapado, oculto bajo el enorme manto de poder de los directivos. Algunos compañeros de mi edad, y otros de otras edades fueron desapareciendo poco a poco. Al principio solo los más allegados a estos y los maestros lo notaron pero luego ya era inevitable que todos se enteraran.
Los adultos estaban como locos, alterados, frustrados, eufóricos, confusos. Por otra parte los menores nos encontrábamos inundados por un terror que te calaba hasta los huesos y te congelaba la sangre de las venas. Se corría un rumor de que aquellos acontecimientos tenían un predecesor, un responsable, uno que no era hombre ni animal, uno que no sentía, uno que no tenía alma, un ser tan macabro que difícilmente podría ser considerado humano o más bien difícilmente podría ser considerado algo, ya que tal potencial de maldad era inconcebible que sea portado por algún “ser” o “cosa”.
Las desapariciones eran proporcionales al nivel de aumento de estos rumores. Pasaba el tiempo y uno se iba enterando de cosas de aquel “ser”. Nosotros lo apodamos “La prominencia” ya que era alto, aunque esa no era la única característica que lo destacaba, también decían que además de esta peculiar propiedad llevaba puesto un traje a medida y no tenía rostro, que vivía en el bosque y que por las noches cuando se aburría y sentía hambre recorría sigilosamente los pasillos de nuestras habitaciones en busca de un niño temeroso y joven a quien poder torturar y luego comer lenta y dolorosamente para extraer su alma y utilizarla en algún culto macabro en honor al demonio.
Claramente yo también sentía temor al oír aquellos relatos de miedo, pero no me perturbaban tanto como a David, él temblaba, se notaba el pánico hundido en sus ojos y esto se fue notando cada vez más al pasar los días, en especial después de aquella excursión al bosque que hicimos en otoño, era extraño, todo le asustaba. Se notaba que por las noches no dormía bien, el pavor hacía estragos en su rostro, parecía demacrado, las ojeras eran notorias a pesar de que tan solo tenía seis años y ya casi ni hablaba, no reía, su sonrisa se apagaba poco a poco igual que mi alegría… el fin del ocaso.
Cuando parecía que su situación no podía ir peor decidí ir a quejarme con algún adulto responsable; pero todo se agravó, se me vino el mundo abajo, el calor de mi interior se evaporo y la depresión se apropió de mí en tan solo un instante, sentí como si nunca más nada en la vida volviera a tener sentido. No solo se ausento al desayuno, el almuerzo y las actividades, pasó el día y no lo volví a ver. Me habían saqueado el tesoro más hermoso de todos y sabía que no lo iba a recuperar jamás. Durante aquel amanecer gris lo más triste no era que no haya parado de llorar de una forma desconsolada, lo peor era que lloraba desde el momento en el que se marchó formando una brecha a mi corazón, que en aquel momento era suyo.
Hubiese deseado ser yo la que hubiera desaparecido, estaba tan cegada. Un mar de emociones me ahogaba y me llevaba contra la corriente haciéndome chocar contra las rocas del acantilado más feroz de todos, sentía odio, rabia, temor, tristeza. Cada segundo que pasaba era un segundo en el que pasaba absorta en mis pensamientos ideando algún plan para recuperarlo, pero no sabía dónde se encontraba, no sabía si aún seguía vivo, aunque la certeza de mi conciencia me decía que no lo estaba y eso me mataba.
Pasaron los días, el crudo invierno llegó por todo Buenos Aires, se formaba escarcha por todos lados congelando por siempre el dolor que sentía. Mi paciencia se acabó, me quede sin refuerzos, sin armas, sin nada para combatir la lucha contra la desesperación, me estaban ganando la guerra. Los niños seguían desaparecieron, pero nunca aquel duro recuerdo que se borraba de la memoria de todos excluyéndome de la vida. Mi alma se quebró en miles de pedazos, ya nada importaba, iba a jugarme la última carta, iba a arriesgar mi vida que poco valor tenía y sería esa noche.
Dicen que lo desconocido asusta, y es cierto, pero lo que aun más asusta que perder tu propia vida es perder toda esperanza de perder a un ser querido para siempre. En un arrebato de coherencia y sentido común agarre lo primero que tuve a mano y me fugué por la ventana de la habitación, la adrenalina recorría todo mi cuerpo, entonces pensé “hermano, juro que si esta noche no te vuelvo a ver, yo tampoco voy a volver, me perderé en el bosque junto a tu recuerdo durante una eternidad” me detuve un segundo como si fuera un ritual, dejé que las lágrimas me recorrieran, acariciando dulcemente mis mejillas por un leve instante. Al terminar volví a retomar mi travesía, me adentre en lo desconocido y siniestro, nunca se me habría ocurrido imaginar que aquellas tierras tan inofensivas que solía recorrer en verano donde la luz me inducía fervor con cada suspiro llegarían a ser tierra enemiga, y desconcertante para mis ojos.
No reconocía el camino de vuelta, me había perdido, aunque si reconocía el camino de ida, podía ver perfectamente la parte frondosa del oscuro bosque, aquella parte en la que dicen que ocurren cosas extrañas, que ni siquiera durante el día ni un rayo de resplandor logra tocar aquel suelo firme. Luego de 30 minutos caminando ya me había adentrado lo suficiente en la oscuridad como para no distinguir absolutamente nada ¿seguía viva? Estaba todo total y completamente negro, tuve la suerte que lo que hubiera agarrado antes de salir fuera una linterna (el inconsciente) encendí el dispositivo. Hoy en día sigo pensando que fue la peor decisión que pude haber tomado.
Todo se iluminó de manera exagerada, aquella iluminación precedía de la lámpara pero no era digna de ella. Distinguí cada detalle, las imágenes se quedaron guardadas eternamente en mi memoria. Los cuerpos mutilados, destrozados, desgarrados de aquella indefinida cantidad de niños se encontraban por todas partes, en el suelo, en los árboles, todos torturados. El lugar en donde mis pies reposaban no eran un suelo marrón por la tierra, era un suelo marrón casi bordo, todo cubierto por sangre seca. Ocurrió en cámara lenta, pude ver caras conocidas sin una chispa de vida en sus ojos y llenas de pánico, pude ver la cara mi querido, amado hermano, quise llorar pero el miedo me paralizó de pies a cabeza. Aquel horrible monstruo se encontraba parado quieto delante de mí, media más de dos metros, quizá tres o cuatro, no lo sé, sus brazos tocaban el suelo, era flaco, vestía un esmoquin intacto e impecable, era de piel pálida sin rostro ni cabello y a pesar de saber que no existía facción alguna sabía que me estaba mirando.
De pronto una luz brillante con forma apareció y le saltó al hombro, era el alma de mi hermano ¿qué estaba ocurriendo, acaso me había vuelto loca? Él me saludaba agitando vivazmente su pequeña mano como si estuviera feliz aunque su rostro no demostraba lo mismo, él miró hacia atrás, llamó a alguien, por la parte posterior de “la preeminencia” aparecieron en gran cantidad muchísimas de aquellas luces, era el alma de todos aquellos que en cuerpo me rodeaban. Todos sin excepciones, con mirada triste y perdida agitaban su mano, me decían adiós.
Y luego, fuego, fuego era lo que comenzaba a salir por todos lados, los árboles, los cuerpos, el espíritu de los niños estaban siendo incinerados. Una imagen aterradora, se podía visualizar claramente como aquellas almas en pena sufrían, se retorcían de dolor. No pude soportar ver a mi hermano así era demasiado y por suerte en ese entonces me desmayé.
- ¡Anna! ¡Anna! – sentía que me gritaban
- ¿Qué es lo que pasa? - Me desperté sobresaltada.
- Estuviste gritando en sueños ¿qué te ha pasado?
Imágenes impactantes recorrieron mi memoria, lo irracional me inundaba, me encontraba llena de preguntas. Cubierta de barro con una lámpara en mano yacía en mi lecho dormitando y gritando, hasta el día de hoy la incertidumbre me incumbe a cada momento. Una muchacha, amiga de mi hermano, dijo que aquella noche cuando se levantó para ir al baño vio a un hombre alto cargándome entre brazos junto a David caminando a su lado, me llevaron hasta mi habitación mientras me encontraba inconsciente. Semanas después de su confesión, ésta desapareció.
Lucía Farías y Rocío Bracaglia
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