martes, 24 de septiembre de 2013

Redacción de una leyenda urabana: El puente de los lamentos


Hace cuatro años atrás, algo interesantemente sobrenatural captó la atención de dos jóvenes muchachas las cuales fueron las protagonistas de una intrigante  investigación, como consecuencia de su profesión: el periodismo.
Lucia y Nadia, impulsadas por la inquietud, la curiosidad aunque con cierta incredulidad, fueron hasta Estados Unidos, puntualmente a la ciudad de Ohio,  para conocer la verdadera historia que tanto anhelaban saber. Partieron con la idea de recopilar datos y testimonios sabiendo que se toparían con diferentes versiones y anécdotas que corrían de boca en boca por pueblos y ciudades.
Resulta ser que lo que atrapaba y atormentaba a tanta gente e incluso a las periodistas argentinas, era un simple y viejo puente. Pero el no tan común puente, ocultaba una terrorífica historia con detalles siniestros y desgarradores.
Una vez alojadas en Ohio, sin más que decir, fueron directo al punto: averiguar que era ese tan famoso “Puente de los lamentos”. La desconfianza que las perseguía era grande, la intriga aún mayor.  
“Ya nada es igual luego de aquel episodio” contestó  misteriosamente el primer entrevistado, un hombre mayor, que dejaba entrever un poco de exageración pero experiencia al fin. Prosiguió con una atrapante versión: la historia de una joven muchacha que a su corta edad, estando embarazada, ya no soportaba el miedo a enfrentar la situación ni el perjuicio de los demás. Al dar a luz al niño, con la mayor insensibilidad, decidió una noche, ahogarlo en las profundas aguas del río. Tal fue su sentimiento de culpa que terminó por suicidarse en una viga del puente.
 Al parecer, hasta allí había llegado su relato, queriendo dejar inconclusa la cuestión.  
Sorpresivo número de testigos voluntarios fue llenando el lugar. ¿El lugar? El añejo bar de la esquina, a escasos metros de la apacible carretera que conducía al mismísimo misterio.  El sonido de comentarios y voces entremezcladas se combinaban con el casi inexistente ruido de la noche. Relatos contrarrestantes y contradictorios se entrecruzaban. Personas crédulas, experimentadas o totalmente decididas de lo contrario se batían en la lucha de convencer a las periodistas.
“¡Si, sí, yo la vi! Es una chica, aparentemente llamada Sarah. Es cruel, siniestra y evidentemente posee un don para captarnos a nosotros, los conductores. La misma nos obliga a bajarnos de nuestros vehículos y presenciar escalofriantes momentos.” apuró a decir un desesperado muchacho.
Un adolescente acotó: “Lo que el hombre acaba de decir es cierto. A mi casi me mata, persiguiéndome a lo largo de toda la carretera. Es un fantasma, un espíritu, un espectro, en fin algo realmente espantoso de presenciar y de vivir”
“Yo ya no creo nada de esto. Es todo una farsa de la gente que solo asusta por placer, o queriendo atraer turistas, hace lo imposible para inventar locuras como estas”, protestó una mujer queriendo aportar a la jornada, cordura y coherencia.
 Un  joven agregó al reclamo:
“Coincidiendo con la señora, no me dejarán mentir con esto. Insólitamente han habido personas, que evidentemente sin nada que hacer,  fueron atormentando a infinidad de conductores que por allí pasaban, haciéndose pasar por la tal terrorífica Sarah.”
A todo esto las jóvenes entrevistadoras se nutrían  de entretenidas y siniestras anécdotas, que por más que algunas eran un poco insólitas aportaban a la investigación, datos  y a  sus previas hipótesis, ciertos grados de duda.
“En fin, lo verdaderamente estremecedor, está en mi anécdota” murmuró un hombre que hasta el momento se encontraba en completo silencio, contemplando todo lo que sucedía a su alrededor. El cual, presentándose por el nombre de  Tom, creyó conveniente empezar a narrar.
“Comenzar a contar lo que rotundamente cambió mi vida y llenó de espanto e inseguridad mis días, es verdaderamente difícil. Además pensando que me persigue momento a momento la imagen de Sarah caminando a un costado de la carretera en mitad de la noche, pidiéndome que pare, que la ayude a encontrar a su hijo. ¡¿Hallar a un niño, por esas altas horas de la noche y encima vestida de esa forma, con ropajes antiguos y con apariencia tan extraña?! ¿Cómo es que no me había parecido todo eso tan raro y suficiente para abandonar el lugar e impedir ser partícipe de semejante aterrorizadora situación?” dijo sobresaltado y haciendo una breve pausa mirando hacia la ventana que apuntaba cercana al lugar del hecho.
Siguió: “Luego de haber frenado y de permitirle subir a mi auto, fui, yo creo, que la mayor víctima del más aterrador silencio. Mi coche se había detenido como mágicamente y dándome cuenta de que solo allí estaba, comencé a oír el más cruel llanto, desesperante lamento  y desgarrador grito jamás antes escuchado.  Mi sangre se heló, mi cuerpo no respondía y en mi mente solo pensaba en salir corriendo. Realmente con solo pensar en lo que vi después, sigo sintiendo esa sensación de gran temor, desesperación y pánico. Sarah había desaparecido, en mi afán de buscarla, vi nada más ni nada menos que su cadáver inerte  ahorcado en una viga del puente. ¿Por qué tuve que mirar hacia donde su dedo putrefacto apuntaba? Lo que había visto era al niño, al tan buscado niño, ahogado en las oscuras aguas del río, llorando desconsoladamente. Escapé de allí lo más rápido que pude, logrando salir de aquel maldito puente luego de haber empujado mi auto.  No sabré nunca si creerán mi relato y si este les parecerá verosímil. Pero mi gran desesperación me lleva a compartir cuan grande fue el espanto vivido. Ya nada es igual…”, concluyó.

 Entonces el silencio fue rotundo. Las personas allí presentes quedaron atónitas a la situación, las periodistas definitivamente convencidas de que habían arribado a una versión realmente atrapante que las hacia confiar de que aquel malévolo y lúgubre puente escondía una  macabra historia y que la única forma de confirmarlo era vivirlo en carne propia.   

Lucía Soria y Nadia Petkovsek                      

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