Hace
cuatro años atrás, algo interesantemente sobrenatural captó la atención de dos
jóvenes muchachas las cuales fueron las protagonistas de una intrigante investigación, como consecuencia de su
profesión: el periodismo.
Lucia
y Nadia, impulsadas por la inquietud, la curiosidad aunque con cierta
incredulidad, fueron hasta Estados Unidos, puntualmente a la ciudad de Ohio, para conocer la verdadera historia que tanto
anhelaban saber. Partieron con la idea de recopilar datos y testimonios
sabiendo que se toparían con diferentes versiones y anécdotas que corrían de
boca en boca por pueblos y ciudades.
Resulta
ser que lo que atrapaba y atormentaba a
tanta gente e incluso a las periodistas argentinas, era un simple y viejo
puente. Pero el no tan común puente, ocultaba una terrorífica historia con
detalles siniestros y desgarradores.
Una
vez alojadas en Ohio, sin más que decir, fueron directo al punto: averiguar que
era ese tan famoso “Puente de los lamentos”. La desconfianza que las perseguía era
grande, la intriga aún mayor.
“Ya
nada es igual luego de aquel episodio” contestó
misteriosamente el primer entrevistado, un hombre mayor, que dejaba
entrever un poco de exageración pero experiencia al fin. Prosiguió con una
atrapante versión: la historia de una joven muchacha que a su corta edad,
estando embarazada, ya no soportaba el miedo a enfrentar la situación
ni el perjuicio de los demás. Al dar a luz al niño, con la mayor
insensibilidad, decidió una noche, ahogarlo en las profundas aguas del río. Tal
fue su sentimiento de culpa que terminó por suicidarse en una viga del puente.
Al parecer, hasta allí había llegado su
relato, queriendo dejar inconclusa la cuestión.
Sorpresivo
número de testigos voluntarios fue llenando el lugar. ¿El lugar? El añejo bar
de la esquina, a escasos metros de la apacible carretera que conducía al mismísimo
misterio. El sonido de comentarios y
voces entremezcladas se combinaban con el casi inexistente ruido de la noche. Relatos
contrarrestantes y contradictorios se entrecruzaban. Personas crédulas,
experimentadas o totalmente decididas de lo contrario se batían en la lucha de
convencer a las periodistas.
“¡Si, sí, yo la
vi! Es una chica, aparentemente llamada Sarah. Es cruel, siniestra y
evidentemente posee un don para captarnos a nosotros, los conductores. La misma
nos obliga a bajarnos de nuestros vehículos y presenciar escalofriantes
momentos.” apuró a decir un desesperado
muchacho.
Un
adolescente acotó: “Lo que el hombre acaba de decir es cierto. A mi casi me
mata, persiguiéndome a lo largo de toda la carretera. Es un fantasma, un
espíritu, un espectro, en fin algo realmente espantoso de presenciar y de
vivir”
“Yo ya no creo
nada de esto. Es todo una farsa de la gente que solo asusta por placer, o
queriendo atraer turistas, hace lo imposible para inventar locuras como estas”,
protestó una mujer queriendo aportar a la jornada, cordura y coherencia.
Un joven agregó al reclamo:
“Coincidiendo
con la señora, no me dejarán mentir con esto. Insólitamente han habido
personas, que evidentemente sin nada que hacer,
fueron atormentando a infinidad de conductores que por allí pasaban,
haciéndose pasar por la tal terrorífica Sarah.”
A todo esto las
jóvenes entrevistadoras se nutrían de
entretenidas y siniestras anécdotas, que por más que algunas eran un poco
insólitas aportaban a la investigación, datos
y a sus previas hipótesis,
ciertos grados de duda.
“En
fin, lo verdaderamente estremecedor, está en mi anécdota” murmuró un hombre que
hasta el momento se encontraba en completo silencio, contemplando todo lo que
sucedía a su alrededor. El cual, presentándose por el nombre de Tom, creyó conveniente empezar a
narrar.
“Comenzar a
contar lo que rotundamente cambió mi vida y llenó de espanto e inseguridad mis
días, es verdaderamente difícil. Además pensando que me persigue momento a
momento la imagen de Sarah caminando a un costado de la carretera en mitad de
la noche, pidiéndome que pare, que la ayude a encontrar a su hijo. ¡¿Hallar a
un niño, por esas altas horas de la noche y encima vestida de esa forma, con
ropajes antiguos y con apariencia tan extraña?! ¿Cómo es que no me había
parecido todo eso tan raro y suficiente para abandonar el lugar e impedir ser
partícipe de semejante aterrorizadora situación?” dijo sobresaltado y haciendo
una breve pausa mirando hacia la ventana que apuntaba cercana al lugar del
hecho.
Siguió: “Luego
de haber frenado y de permitirle subir a mi auto, fui, yo creo, que la mayor
víctima del más aterrador silencio. Mi coche se había detenido como mágicamente
y dándome cuenta de que solo allí estaba, comencé a oír el más cruel llanto,
desesperante lamento y desgarrador grito
jamás antes escuchado. Mi sangre se
heló, mi cuerpo no respondía y en mi mente solo pensaba en salir corriendo.
Realmente con solo pensar en lo que vi después, sigo sintiendo esa sensación de
gran temor, desesperación y pánico. Sarah había desaparecido, en mi afán de
buscarla, vi nada más ni nada menos que su cadáver inerte ahorcado en una viga del puente. ¿Por qué tuve
que mirar hacia donde su dedo putrefacto apuntaba?
Lo que había visto era al niño, al tan buscado niño, ahogado en las oscuras
aguas del río, llorando desconsoladamente. Escapé de allí lo más rápido que
pude, logrando salir de aquel maldito puente luego de haber empujado mi auto. No sabré nunca si creerán mi relato y si este
les parecerá verosímil. Pero mi gran desesperación me lleva a compartir cuan
grande fue el espanto vivido. Ya nada es igual…”, concluyó.
Entonces el silencio fue rotundo. Las personas
allí presentes quedaron atónitas a la situación, las periodistas
definitivamente convencidas de que habían arribado a una versión realmente
atrapante que las hacia confiar de que aquel malévolo y lúgubre puente escondía
una macabra historia y que la única
forma de confirmarlo era vivirlo en carne propia.
Lucía Soria y Nadia Petkovsek
Lucía Soria y Nadia Petkovsek
No hay comentarios:
Publicar un comentario