Todo comenzó en una tarde de verano; unos amigos y yo, cansados de la monotoneidad de nuestras vacaciones, decidimos juntarnos como de costumbre.
Luis, gran temerario decidió investigar sobre un juego que últimamente inquietaba sus noches: el conocido “tablero de la ouija”. Si bien ya me habían alertado sobre el riesgo que corríamos al buscar diversión con las almas de nuestros antepasados, el aburrimiento y la curiosidad desnivelaron la balanza hacia la aceptación. Este fue el error más grande de mi vida Jamás me perdonare por esa estúpida acción.
Esa noche fuimos a la casa de Martín, junto con Luis y dos amigos que entendían poco y nada sobre lo que estábamos por hacer. Aprovechamos que los padres de Martín salían esa noche y como él era un fiel creyente de la ciencia, cedió su hogar sin preocupaciones.
Esperamos hasta alrededor de la una de la mañana, cuando la situación se serenara. Los otros dos no estaban de acuerdo con practicar este ritual, lo que los llevo a una fuerte discusión. Pero como era de esperar; el dueño del hogar dio su veredicto y la ceremonia se puso en marcha.
Nos colocamos en forma de ronda, alrededor de una mesa ratona. Sobre ella estaba el tablero con una copa. Una sola luz, proveniente de la cocina, alumbraba nuestras narices. Nos concentramos en aquella copa que ahora bailaba más que nunca, nuestras manos se entrelazaron y por un momento, solo hubo silencio profundo, seguido de una desesperación.
-¡Esta porquería no funciona!- exclamó el resto del grupo. Pero en el instante en el que creíamos que había sido tan solo una pérdida de tiempo, ocurrió lo inesperado. Sentía cómo un viento helado rozaba mi nuca y dejaba mis poros cual piel de gallina. La poca luz que nos servía de consuelo a nuestra cordura se había desvanecido. Estábamos completamente a oscuras. Tratamos de mantener la calma, creyéndolo tan solo una casualidad. La copa aún permanecía inmóvil o, al menos, no se oía ruido alguno.
Mientras Martín buscaba velas, yo intente tantear la mesa ratona y así poder guardar la copa antes de que se nos cayera debido a la falta de visión. Lo único que faltaba era tener que buscar explicaciones de por qué faltaba una copa. Los padres de Martín nunca fueron muy comprensivos.
Cuando sentí el frío vidrio en mis manos humedecidas por un sudor nervioso, intente tomar la copa por su base pero esta yacía en su lugar. Otra vez tuve la espantosa sensación de esa penetrante corriente de aire, solo que esta vez golpeo mi frente. La copa se movió disparatadamente parecía querer dejar un mensaje que me fue indescifrable y luego de eso, estallo como una supernova en plena expansión. Mis manos, repletas de astillas, brillaban ante la luz de las velas que recién se habían hecho presentes en la habitación luego del estallido.
Mis amigos, petrificados por la secuencia de sonidos, buscaban un relato coherente de lo sucedido. Hasta Martín, que jamás se le había cruzado la idea de lo sobrenatural dentro del contexto de lo real, tenía los ojos cual cascada de lágrimas por el miedo. Las horas corrían a contrarreloj, pero el terror llego al amanecer una eternidad.
Les conté la versión, mi experiencia: estaba completamente seguro de mis palabras. Sin embargo, nadie me tomo en serio, no sé si les resultaba muy disparatada mi historia o tan solo entraron de lleno a la negación, víctimas de un susto inexplicable para unos adolescentes de quince años.
Logramos conciliar el sueño, y a la mañana sentimos la inigualable paz de las caricias de un sol matutino que anunciaba un día de confusión.
Preferimos mantener en silencio lo sucedido aquella noche y hasta el día de hoy tan solo yo lo sé, no teníamos las suficientes pruebas, nadie nos iba a creer.
Ese día, cada uno marcho para su casa, un poco asustados pero con confianza de que todo iba a estar bien. Una calma que tan solo duro unas horas.
Cerca de la noche, Martín sufrió un accidente cardiovascular en su casa, por razones que aún se desconocen.
Cuando estuve al tanto de la situación, trate una y otra vez de contactar a Luis. Pero no había caso, su hogar estaba completamente vacío, casi parecía abandonado.
Con respecto a los otros dos, solo los volví a ver unas pocas veces en lo que estaba del verano, me acuerdo que uno solía nombrar muy seguido la frase “el próximo sos vos”, una frase que lo seguía a donde quiera que fuera. No la comprendí muy bien en un principio, por eso decidí ignorarla.
Mis sueños se tornaron cada noche más oscuros, casi como la noche misma. Cada mañana me arrepentía, junto con penas y llantos, maldiciendo ese aburrido día en el que mi vida se derrumbó.
A las semanas, me llegó la noticia que el chico de la condenada frase había fallecido por muerte súbita y que tenía escrito dentro de su dermis esa frase que con solo oírla ya me provocaba pesadillas.
Había jugado a un juego en donde no era bienvenido y si bien la agonía ya paso, aun no puedo imaginar mi muerte de otra forma que no sea en manos del dueño de mis temores, esa presencia maligna con sed de venganza, estoy seguro que el próximo soy yo.
Patricio Velázquez y Martín Amabile
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